Retos, muchos retos

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La economía colombiana no ha pasado por un buen momento en los últimos años. Nuestras debilidades quedaron expuestas ante la caída de los precios del petróleo en 2014 y el fenómeno de El Niño de 2015, además, dos choques externos pusieron en jaque el desempeño económico del país y sólo hasta 2017 parece haberse tocado fondo.

Sin embargo, esto no quiere decir que el camino que queda por delante esté libre de obstáculos. El año que estamos empezando muestra signos de interrogación en los ámbitos político y económico. Y no es para menos, 2018 trae consigo unas elecciones en medio de un ambiente polarizado y con candidatos fuertes que tienen planteamientos económicos diametralmente opuestos. Esto, sin contar con los nuevos actores políticos que se suman a la contienda como resultado del posconflicto.

Paralelamente, al margen de las discusiones ideológicas y de incipientes signos de recuperación, algunos indicadores dejan ver que el país todavía se encuentra en una posición de sumo cuidado en materia económica: calificación del grado de inversión a la baja –que podría deteriorarse aún más dependiendo de los resultados de las elecciones–, una regla fiscal que impone condiciones sumamente exigentes a unas finanzas públicas debilitadas, tributos que no alcanzan para sanearlas, un sistema pensional que pide con urgencia intervención, una demanda interna golpeada por el bajo consumo de los hogares, desempleo en ascenso, entre otras señales de cuidado que abordamos en esta edición.

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De otro lado, hay que reconocer que nos hemos visto favorecidos por el crecimiento sostenido que ha mostrado Estados Unidos, nuestro principal socio comercial. Desafortunadamente, creer que ese crecimiento será indefinido es ingenuo. Es probable que la economía estadounidense se desacelere a finales de 2018 o en 2019, lo que haría que nuestra incipiente recuperación se viera comprometida.

Así las cosas, mientras esperamos que 2018 sea el primer año de recuperación, también es posible que en 2019 –dependiendo de lo que ocurra con EE. UU.– veamos un retroceso de nuestro despegue. Esto haría que nuestra recuperación tuviera una forma más parecida a una ”W” (reducción en 2017, recuperación en 2018, un nuevo freno en 2019, con un rebote posterior hacia 2020 o 2021), que a una ”U” (crecimientos cada vez mayores acercándose a nuestro crecimiento potencial –alrededor del 3,6%– en los próximos cinco años).

Lejos de estar planteando un escenario lúgubre, a lo que nos estamos refiriendo es a la atención que se debe poner a los indicadores que se mantienen débiles. La recuperación y consolidación de la misma dependen de cómo enfrentemos los retos que nos plantea el agitado 2018. Confiamos en que hemos aprendido de nuestros errores y seremos capaces de hacerle frente a lo que se avecina, pero tampoco podemos ser irresponsables y sugerir que viene un período de calma. Hay temas importantes que no dan espera, y de ellos depende el futuro del país, incluso, a largo plazo.

 

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